Ayer por la tarde escuchaba una canción que no es especial, y sin embargo, muy pegajosa. Tenía un ritmo rápido, a contratiempo, como si siempre estuviese huyendo la guitarra de la percusión. La voz del cantante era suave, nasal, el ingrediente que balanceaba la ecuación. Bajo el influjo de la voz, la letra era una plegaria anhelante, resignada, doliente.
Pensé entonces que esta canción no podría escucharla un ser que estuviese colmado de paciencia; toda su estructura la consideraría una afrenta hacia su virtud. La letra, especialmente, la despreciaría, bajo el argumento de “inmadurez” y de “precipitación”.
Yo en ese momento recordé una frase de otra canción, una frase que tiene un contexto pero que por los momentos no pienso abordarlo. “Vivre un peu plus fort”, vivir un poco más fuerte. ¿Podría el ser colmado de paciencia vivir un poco más fuerte? ¿No es acaso bella la vida debido a los sobresaltos, debido a la veloz corriente en la que fluyen los hechos? ¿No son los momentos rápidos, no son los frenesíes de la vida los más preciosos, los que más se disfrutan?
Nunca voy a recordar las largas horas en las cuales me senté a reflexionar, o en las cuales estudié, o en las cuales observé. Sí voy a recordar lo agitada que estaba al aprovechar el momento para besar a alguien, cuando tenía miles de cosas que hacer y aún así pude pasar un rato con mis amistades, o cuando no pude aguantarme y viajé por toda la ciudad para ir a ver a alguien a su casa.
No me pidas que sea paciente, que espere, que me calme. Si lo hago, pierdo el único sentido de la vida: descubrir la belleza en los momentos transitorios. Si me detengo, si dejo de moverme, si dejo de sufrir, si dejo de sentir, perderé lo único que me ata a este mundo material, y ya nadie podrá recuperarme de mi cueva. Si dejo de moverme, seré como Jeanne frente al espejo: estaré muerta.
(Ahora, por favor, hagan de cuenta que todo lo que he escrito anteriormente es una linda mentira de cartón pintado, y que en realidad mi naturaleza es más cavernaria de lo que en realidad aparenta ser, y que todas estas lindas ideas no son más que un ejercicio de argumentación, porque perfectamente bien sé que yo estoy más inmóvil que una roca desde hace ya bastante tiempo, y no podría ser tan frágil como la Jeanne que Anaïs Nin se inventó en sus cuentos para que fuera a cenar con un príncipe de Georgia. Quizás en un momento, irónicamente, sólo en un momento haya sido mi bonito ensayo una realidad en mí; pero un momento no puede ser horriblemente disecado, como hago yo con todas las cosas, porque pasa demasiado rápido. )