
Ella había llegado hacía ya tanto tiempo a aquel lugar, donde prometió verle por última vez. Le parecía que habían pasado horas, meses, años, siglos, eones…desde que lo vió llegar, y luego sentarse a la mesa donde habían compartido muchas felicidades pero aún más tristezas juntos. Ella se había parapetado muy convenientemente tras una planta, lugar que le permitía recorrer toda la habitación con la vista.
Lo vió aguardar, ensimismado, casi nervioso. Nunca lo había visto de esta forma, nunca había percibido la espera que bordeaba en angustia en sus ojos. Solemne, callado, esperaba a que ella, que hacía tiempo estaba en el lugar convenido, se sentara ahí con él, y así compartieran por última vez…para que así fueran por última vez.
Ella perdía la conciencia de lo que la rodeaba. Era una espectadora invisible, separada por la pared de cristal invisible de su propio dominio, de su propia obstinación, de su propia complicación, y, por ende, de su propia muerte a manos de sí misma. Él pasó una mano por su frente, húmeda, miró al reloj, e hizo un ademán de levantarse. Ella casi, casi pierde el control; muy ligeramente, pero con firmeza, adelantó su mano un poco, y sus labios formaron palabras que nunca resonaron.
Él volvió a sentarse, como obedeciendo aquella imperceptible súplica (nunca podría ser una orden).
Ella ni si quiera notó cuando la lágrima rodó por su mejilla. Sólo podía callar, y tratar hasta el cansancio de mantener su tropel de dolores dentro de sí misma, dentro de su pecho. Tratar…hasta el cansancio.